miércoles 24 de marzo de 2010

baixlamar

La ciudad llevaba más de una semana estallando y éramos conscientes de que todo estaba a punto de terminar. Habían sido muchos días de ruido y cómo dice Sabina: "al final llegó el final". Y ahí estábamos, cogidos de la mano como cuando vas con tus padres por primera vez a Cortilandia o como cuando en mitad de un concierto suena esa canción, y te agarras a la otra persona como si fuera a escaparse. Ellos me miraban con curiosidad y yo por dentro pensaba que esa noche, podía ser la última vez que los viera. Que todo terminase ahí. La calle se llenaba. El fuego se retrasaba. Todos hablaban pero yo no era capaz de prestar atención a algo que no fuese el centro de la calle. Me giré varias veces para observar a los cientos de personas que se agolpaban tras las vallas de seguridad. En medio de la vorágine, la vi a ella. No sé si la había visto en algún lugar o simplemente me llamó la atención, pero lo cierto es que me quedé mirándola durante unos veinte segundos. Por su cara, no parecía que le hiciese especial ilusión estar allí, pero lo cierto es que al rato me di cuenta de que estaba sola. Después, todo pasó muy deprisa. La calle empezó a estallar, la gente a gritar, y en menos de un minutos, todo era un torre de fuego y humo. El calor nos quemaba la cara y el agua de las mangueras nos llegaba a los pies. Segundos más tarde, el centro de la calle era una montaña de polvo. La gente empezó a dispersarse y yo me puse a buscarla. Alguien espetó un "busquemos un bar". Ella se había ido. Me tiraron del brazo para que no me quedase atrás. Ella no estaba. Nos fuimos a continuar la noche. Estábamos vivos.