lunes 23 de agosto de 2010

holidays

La música de los vecinos le abrió los ojos sobre las once de la mañana. Podía sentir su cuerpo pegado a las sábanas. Calor. Calor de Agosto. El día comenzaba aquí y el calor ya era insoportable. La brisa del pueblo, esa brisa salada y pegajosa, se colaba por la ventana haciendo bailar a las cortinas. No recordaba otras cortinas en esa habitación. Se dió la vuelta y contemplando el techo, rezaba porque esa música infernal parase en ese mismo instante. Necesitaba dormir. Dormir era lo único que le alejaba de aquel verano obligado. De aquel infierno disfrazado de vacaciones en familia. Bostezo. Podía sentir su garganta totalmente seca. ¿A qué hora conseguí dormirme? La luz entraba a través de la persiana. Sueño. Oía voces en el pasillo. No importaba. No podía reunir la fuerza suficiente para salir de la cama y afrontar el desayuno como primera prueba de aquel...¿qué día era? ¿Martes? Buscó el móvil entre las sábanas. Miércoles. Ningún mensaje. Ni, obviamente, ninguna llamada. Nada. Nadie que le preguntara por sus vacaciones. Nadie que le metiese prisa para volver a Madrid. Se giró y cerró los ojos. Sólo quería dormir. Dormir para huir. Huir del calor. Huir de aquel infierno particular. De aquellas vacaciones eternas.


¿Quién no ha odiado el verano alguna vez?

jueves 19 de agosto de 2010

to stop dead

Me ha pasado muchas veces. Es lo que tiene vivir cerca de él y que el autobús tarde tanto en pasar, que siempre suele acercarse un coche y, después de bajar la ventanilla del copiloto, me pide indicaciones para saber llegar. Yo, amablemente, le indico la primera rotonda, la segunda y el giro a la izquierda después de esta última. Suelo fijarme en su ropa, en sus ojos con toda certeza de haber llorado hace bien poco, en su forma torpe de conducir, en los acompañantes (en caso de que los haya)... Ellos, generalmente, agradecen de corazón mis indicaciones y reanudan su marcha.

Estos encuentros tan breves y sin ninguna consecuencia a posteriori para ninguna de las dos personas, no tendrían nada de extraño si me preguntaran por una biblioteca, una estación de tren o un IKEA. Pero no, yo vivo al lado de un tanatorio. Y eso, obviamente, lo cambia todo.

domingo 1 de agosto de 2010

subway

Apoyada en la puerta, una monja con una biblia en la mano. Con el ansia de lograr la conversión de todo el vagón, grita que Dios es amor, que Dios todo lo puede y todo lo perdona. Reparte folletos en los que se puede leer en letras grandes: PORNOGRAFÍA, ALCOHOL Y OCULTISMO. Intuyo que para la novicia, todo esto es pecado mortal.

Agarrada a una barra del final del vagón, una chica de quince años escucha (y hace escuchar) música de algún género inclasificable proveniente de su teléfono móvil. Colonia con olor a tienda de chucherías. Camiseta de I LOVE MY BOY, minifalda y sandalias. Entre tanto "musicón", masca chicle y se repasa la raya negra.

A su lado, una pareja de novios discute sobre el destino de sus vacaciones. Él dice que a Málaga, como llevan haciendo estos últimos cinco años. Ella dice que a cualquier parte, menos a Málaga. Que está cansada de ir siempre al mismo sitio. Él pone cara de "no me montes una escena, sabes que vamos a ir a Málaga". Ella pone cara de "si ya sé que al final va a ser lo que tú quieras". La pareja perfecta.

Enfrente, una mujer de cuarenta y siete años. Peinado a lo Rita Barberá. Y el modelito y la expresión, casi que también. Lee el HOLA. A su lado, su hija de diecisiete años. Un poema de ser humano. Una chica en plena adolescencia atrapada en una moda vintage. Vintage y cruel. Vaqueros pesqueros, calcetines de corazones, zapatos castellanos y camisa holgada. La chica nerd del grupo. La "nuncamehanbesado" de la clase.

En el otro extremo del vagón, sentado en el suelo, un chico de veintidós años. Pantalones pirata y chanclas. Cara de cansado. Lee páginas salteadas de un libro de Roal Dahl. Cosa explicable, pues ya lo ha leído tres veces. Escucha "Animal Instinct" mientras piensa en el chico que trabaja a quince metros de él. Fantasea con pedirle salir. O con darle su teléfono. O con comerle la polla. El orden de los factores no altera el producto.


Conde de Casal.

Se abren las puertas. La monja se cambia de vagón y sigue con su envagelización agresiva. La chica Bershka sigue con su música y con su chicle. La pareja feliz se baja y recorren el pasillo hacia la salida. La mala de la sirenita, varias páginas del HOLA más allá, mira de reojo a su hija. Por último, el chico sigue sentado en el suelo. Ha guardado el libro y ahora escucha "Is there a ghost". Sigue fantaseando, pero ya ha decidido con qué.