La música de los vecinos le abrió los ojos sobre las once de la mañana. Podía sentir su cuerpo pegado a las sábanas. Calor. Calor de Agosto. El día comenzaba aquí y el calor ya era insoportable. La brisa del pueblo, esa brisa salada y pegajosa, se colaba por la ventana haciendo bailar a las cortinas. No recordaba otras cortinas en esa habitación. Se dió la vuelta y contemplando el techo, rezaba porque esa música infernal parase en ese mismo instante. Necesitaba dormir. Dormir era lo único que le alejaba de aquel verano obligado. De aquel infierno disfrazado de vacaciones en familia. Bostezo. Podía sentir su garganta totalmente seca. ¿A qué hora conseguí dormirme? La luz entraba a través de la persiana. Sueño. Oía voces en el pasillo. No importaba. No podía reunir la fuerza suficiente para salir de la cama y afrontar el desayuno como primera prueba de aquel...¿qué día era? ¿Martes? Buscó el móvil entre las sábanas. Miércoles. Ningún mensaje. Ni, obviamente, ninguna llamada. Nada. Nadie que le preguntara por sus vacaciones. Nadie que le metiese prisa para volver a Madrid. Se giró y cerró los ojos. Sólo quería dormir. Dormir para huir. Huir del calor. Huir de aquel infierno particular. De aquellas vacaciones eternas.
¿Quién no ha odiado el verano alguna vez?