Hace dos años estaba comprando un billete de avión. Una ciudad en la que no hablaban mi idioma, ni tan siquiera usaban la misma moneda que yo, me esperaba al aterrizar. Paseé por el Danubio, comí pizza de verduras, manejé billetes que no sabía ni cuánto valían, hice el amor, dormí un par de horas y me volví. No llegué a estar allí ni veinticuatro horas.
Ahora lo recuerdo como algo que no sucedió realmente. Como si hubiese sido una historia de videoclip contad en tres minutos y medio. Como si le hubiera ocurrido a otra persona.
Hoy me he comprado unas gafas.
Me han costado lo mismo que aquel billete a Budapest.